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Hadas nocturnas

Han cambiado las calles, la fisonomía de las personas, pero algo aún no se ha marchado: el polvo de las hadas. Esas que tienen silueta fugitiva, destellos en sus meleas alborotadas, de corazón canoro. Sus oídos atentos a los amores de prisa, pintan de carmín sintonía de palabras perversas y dilatadas.

En las grandes urbes se aprecia el viento espirante en sus espaldas; un indefenso hechizo bulle en las habitaciones de color amor. El manto de la noche tiende su magnitud y la música engalana la fiesta de sábanas blancas, o tatúa y entierra la nostalgia del fin de una relación huidiza; de la incómoda pérdida de un hada aplastada por la impiedad del acompañante.

Los tonos ámbar en las calles semivacías ignoran los ojos quietos y alborotados que llaman a los amantes sonámbulos a completar el hastío. Ecos mudos silencian la noche negra en su máxima pausa para hacer de las carcajadas que se acercan el sonido que rueda junto a los autos de los clientes.

Una cena sería lo idóneo para comenzar el preludio al amor, inexistente en este mundo especial, apenas un sorbo de café que lleva el viento sabrá Dios dónde. Se entibia la espera del siguiente día mientras el viento engulle los ruegos para compartir con nuevas hadas, más jóvenes, más vírgenes, más ellos, más otros.

Sólo la silueta del hada se engalana cuando ve a lo lejos la sonrisa cargada del flamante azul. De su Príncipe llegado de la copla amor…Lo esperaba tanto, lo anhelaba siempre. Ya está aquí

Hadas gritan al unísono plegarias para que el mundo siga arrullando en la comba celeste a hombres y mujeres fastidiados de lo mismo; el címbalo roto lanza un lamento fúnebre en la danza de las hadas: un rayo de luz pega en los rostros alabastro de las criaturas y sus manos presurosas tienden a cubrir los ojos.

La derrama del amanecer cae cual cascada en las espaldas. Una de las hadas duerme junto al guiño de su amor: a sus múltiples miradas que la persiguen mientras vive.

En tanto está con él…se Marcha y el viento vuelve su rostro a la elegancia del silencio, del eterno vacío donde construye sueños, reafirma el viento y vuelve a la libertad para amarlo etéreo.

El terciopelo de sus alas se desvanece y un jadeo de la poca obscuridad presente, hace que broten gemidos llorando sobre el polvo del olvido, con miras a amar al amanecer

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