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Del matriarcado de luchas

El miércoles se escuchan los tacones con caminar presuroso, las minifaldas ondean la fuerza y el sigilo del andar de ellas: unas en la barda de los edificios, apresurando el secado de la ropa y hablando en voz baja sobre los precios de la canasta básica, con esa aflicción de que el marido no escuche las quejas cotidianas.

Las calles van de lo callado y taciturno a lo infernalmente maldecido día de desempleo, fatiga laboral, hastío y un pensamiento de mirar en el televisor algo de música del momento, algo de ruido y un poco de refresco donde mitigar el desvarío.

Hace rato que Tita y la Nacha vienen sonando las campanas, pisan los mercados y las plazas para levantar su voz, solo ensombrecida bajo el desdén y vale madre de los otros, de muchas otras. Las dos mujeres, levantando la ceja, enfrentan a los sordos, los mudos y los ufanos, silenciados por el ya ni modo, dios proveerá.

Bajo ese mismo manto celestial de la ciudad, algunas madres amamantan a sus hijos, sin vislumbrar su presente, menos el futuro. Algunas abuelas guisan para los nietos, tejen presurosas mientras una lágrima desolada recorre las mejillas. Mujeres van entre ajos y cebollas a comprar lo barato para alimentar a su prole.


La tarde cae, la ciudad advierte ríos de sangre.
Perdidos entre las balas, el estruendo y los golpes bajos, varias plazas, de una, dos y tres culturas ven caer las voces, las ideas y las exigencias aplastadas entre los cuerpos de los otros, de los que no sabían a dónde estaban, de quien pasaba en el justo momento, del ciego inquieto ante el acalorado lamento.

De los rescoldos sobrevivió La Tita, aún con el dolor a cuestas, su voz ronca y directa recordaba los días en la celda, allá en la desolada cárcel de Mujeres. Acatitla fue testigo de su fuerza y entrega, aún con la angustia de saber y sufrir la muerte de su madre. Quien le irrigó la sangre de fuerza y valentía, de coraje y esmero para alcanzar sus metas, no doblegarse y entregarse a la vida.

La libertad y el encierro, el binomio de su sino ¡Tita despierta!

Nacha lleva los Derechos Humanos a la realidad, tres veces acusada, privada de la Libertad, temporal, que nada aquí es eterno. Hecha de corazón libre para criar a sus hijos, nietos y los adoptivos, esos y esas que se adhieren para aprenderle. Respetuosa y en pro de las mujeres, aquellas invisibles en el movimiento: el ir y venir de la presencia femenina, de las mujeres libres en su sexualidad, vocabulario, talento abierto. Presencia siempre de las mujeres, aunque algunos sean miopes.

El movimiento se da con ellas, y con las que se desdibujaron entre los papeles, los cuerpos ausentes, los no reclamados y los enterrados bajo candado. Un movimiento de ollas y sartenes donde se comparte la comida y en la cocina enjugan lágrimas las madres que perdieron a sus hijos, aquellas abuelas testigos de la matanza, de la mediocridad humanoide puesta al servicio de unos cuantos, de los de siempre.

Ana María Maximiliano Mendoza, Ana María Teuscher Krüger, Agustina Matus Campos, Marta, Lupita y un gran etcétera de mujeres en movimiento, en esa misma ciudad donde a los años, uno de los pillos que participó para silenciar a los jóvenes, fue foco de una canción, donde compraba huaraches, y con el vuelto unos chicles motita, NOS DISPARÓ.

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