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Bestias en duelo

El siglo XIX vio nacer a Guillermo Prieto, ese ojo, oído, luz y pluma para plasmar lo vivido. Hacer de los días un hábito y un placer para andar sin reparos en una ciudad llena de ruidos, personas y eventos únicos.

La gente siempre ha necesitado de las diversiones, y si son públicas, callejeras y gratuitas, mejor. Eso ocurrió en los albores de 1830, en esos solares del coloso de San Pablo, en la ciudad de México. Más de diez mil espectadores acudieron al lugar para ver la pelea campante entre dos bestias.

Se trataba de un toro y un tigre. No sabemos de dónde llevaron al tigre, pero sí para reforzar la furia de ambos animales, al tigre se le dejó sin comer durante un día, en tanto al astado lo torearon para engrosar su furia.

Los espectadores sentían la emoción por el representante macho negro, la fuerza del toro en el redondel, sin embargo, llegó el tigre y se montó en el lomo del toro. El público acalorado clamaba al animal que recobrara fuerzas pada derrotar al tigre; entre la bulla de la gente, el calor de la tarde y la agonía del torito, éste, como por arte de magia recobró la fuerza y hundió en el debilitado gatuno, las aceradas astas en el vientre endeble del tigre quien terminó sus días con las entrañas por el suelo.

Las luchas callejeras ya de perros, gallos, en este caso del tigre y el toro, así como los desvaríos de los humanos, fueron factores de diversión en el siglo decimonónico, pero se fueron trasladando hasta la actualidad, donde el morbo cubre las expectativas de mucha gente sin qué hacer.

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